domingo, 31 de mayo de 2020

PRISIONERA


Hay momentos en la vida en los que la oscuridad se cierne en mí como una masa densa que se engancha a mi cuerpo y no me deja respirar. “Me ahoga”.

En esos momentos me acurruco en un rincón de la habitación y araño la pared hasta que me sangran los dedos. “El dolor me hace sentir bien”.

Al cabo de las horas, y una vez decidida a no dormir, una luz aparece de la nada, centelleando al otro lado de la estancia, y se me pasa por la cabeza la idea de una falsa esperanza; sin embargo, a medida que se va acercando, la luz pasa a ser una llama y la llama deja entrever una sombra que la controla: izquierda y derecha, izquierda y derecha. Y es entonces cuando me compadezco de la pobre lucecita: ella tampoco puede escapar.

Parece que el desconocido aún no se ha fijado en mí, sigue ocupado buscando algo en la habitación, aunque no sé el qué. Me encuentro en una sala vacía, sin ningún mueble ni decoración a parte de la sangre en las marcas de arañazos. Y pese a todo, me parece ver un destello, un reflejo, un recuerdo de lo que fui. Perpleja, me fijo mejor en la esquina en la que la sombra mueve sus manos y, con sorpresa, me doy cuenta de que hay un espejo. “¿Lo ha traído él?”, “¿ha estado siempre ahí y no me he dado cuenta?”.

Sin mirarme, el hombre sale por donde ha entrado y cierra la puerta con llave. Se ha dejado la vela. Con gran dificultad me arrastro hasta ella y me dejo embriagar por la sensación de calor. Aún recuerdo los días soleados, el sudor bañando mi piel y los días de playa en familia. Sonriendo, abro los ojos y me quedo paralizada.

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