Sólo dejé que una única lágrima descendiese por mi
mejilla mientras reconocía, muy a mi pesar, que cada día te alejabas más, sin
ni siquiera saberlo, sin ni siquiera pretenderlo. Y es que mi cobardía
provocaba un agujero en mi alma. Ya ni mi almohada me consolaba por las noches,
dejándome bajo la penumbra de un vago recuerdo de lo que podría haber sido.
El espejo de mi tocador me devolvía una imagen borrosa de
lo que parecía una mujer que podría haber sido hermosa. Aún puedo recordar su
larga melena ceniza cayéndole en suaves ondas por sus clavículas marcadas y sus
tiernos ojos grises prometiendo un futuro mejor, sin embargo, para mí, por
aquel entonces, no existía tal cosa. Pensar eso, hacía que el reflejo se
entristeciera e intentara alargar una mano a mi mejilla, sin embargo, el
consuelo nunca llegaba, y solo quedaba sobre la yema de mis dedos la sensación
del frío cristal que me hacía cerrar los ojos y desear con todas mis fuerzas
atravesarlo y viajar a los mundos de ensueño que convivían en mis fantasías.
Me recuerdo bailando por la habitación con uno de los
vestidos de verano de mi madre. Me encantaba ese vestido. Era blanco, de
tirantes y con vuelo en la falda. En esos instantes, con los zapatos rojos de
tacón de aguja, era invencible, una belleza, pero, sobre todo, era feliz.
Un día, mi madre llegó antes de trabajar y llamó a la
puerta de mi habitación, pero el “get the party started” de Pink me impidió
escucharla. Cuando entró y me vio bailando encima de la cama, lo único que hizo
fue empezar a reírse; creo que nunca la había visto tan feliz y, uniéndose a
mí, bailamos hasta que la canción acabó. Entonces, me cogió de la mano y
mirándome a los ojos con cariño, me llevó hasta su tocador, me sentó en la
silla, y me maquilló. Al verme, lloré. Nunca, en mis 17 años había sentido una
felicidad tan genuina, tan pura. Entonces, me di cuenta de lo que acababa de
suceder y mis llantos cambiaron. Ahora eran de liberación y gratitud eternas.
Creo que estuve llorando en el hombro de mi madre durante horas. Gritaba,
temblaba y notaba un dolor pulsante de cabeza y garganta, pero me daba igual.
Por fin era quién realmente era. Quien merecía ser.
Esa noche no dormimos. Estuvimos hablando durante horas
sobre todo lo que me había guardado desde que tenía uso de razón, por
vergüenza, por miedo, por desconocimiento. Mi madre solo asentía y lloraba
mientras yo le explicaba que no era justo que, siendo mujer, me hubiese tenido
que tocar nacer con un cuerpo de hombre. Yo no quería eso. Odiaba mi nombre y
mi apariencia y no podía continuar viviendo más en una mentira.
Ahora, a mis 20 años, todavía recuerdo los momentos duros
que me tocaron vivir y sé, a ciencia cierta, que no los cambiaría por nada del
mundo porque, aunque no me definen, me han ayudado a crecer como persona y a
construir el tipo de mujer que quiero ser. Ya no cuento los minutos de
felicidad prestada, ahora ese sentimiento me pertenece y, por fin, cuando me
miro en el espejo, el reflejo deja de ser borroso.
Por eso, sólo dejo
que una única lágrima descienda por mi mejilla mientras reconozco, sin pesar
ninguno, que aunque te hayas alejado de mí, sin ni siquiera saberlo, sin ni
siquiera pretenderlo, mi cobardía ha desaparecido, haciendo desaparecer el
agujero en mi alma. Ya ni mi almohada me consuela por las noches, porque no lo
necesito, y puede dejarme bajo la penumbra de un vago recuerdo de lo que fue,
de lo que soy.